“La légalité nous tue”
“Pero no olviden ustedes que el Imperio alemán, (...) y, en general, todos los Estados modernos es un producto contractual: producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una de las partes rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su compromiso”
F. Engels
.......“Goood mooorning Vietnaaaamm!!!”. Ahora, cuando uno por ahí tiene más ganas de recordarle a las amistades el napalm con que “el amigo americano” saludaba a “Charlie” en aquellos momentos tan lunáticos, que la amistad lunar se desplegaba en función de eclipsar el telúrico asalto a los cielos de allá lejos y hace tiempo, ahora, no queda más que ironizar sobre nuestra suerte esquiva tarareando estrofas de la What A Wonderful World que dibujan en nuestra memoria las imágenes del terror y la añoranza de una paz otra.
Más allá de nuestras emociones y de su enfermedad terminal, “el amigo americano” sigue procurando asesinatos en pos de conservar la seguridad económica de los suyos. Así las cosas, el Plan Colombia traslada sus bases, precisamente allí, al lugar del realismo trágico y la América para los Americanos busca hacerse fuerte en Honduras con un nuevo coup d'État entre palaciego y militar. En todo esta parte del mundo, la lucha por la hegemonía continental parece privilegiar la diplomacia oficial y secreta, combinada con el ruidismo liberal republicano de la prensa que apunta su tinta contra los movimientos democráticos bolivarianos. Lo que sucede en estos movimientos es, en verdad, lo que sería interesante de comprender, pero la información sobre ellos nos es regateada recurrentemente. Mas ¿qué significa un golpe de estado?. ¿Acaso será que un grupo político le arrebata el control del gobierno a otro?. Posiblemente, ¿pero, qué lo distinguiría entonces de un clásico golpe de mano -“putch”-?. Sin duda ambos movimientos pueden llegar a coincidir, pero no es lo mismo el putch bolchevique al gobierno de Kérenski en 1917 que la Marcha sobre Roma de 1922 realizada por los fascistas, o del propio intento Nazi de 1923. Debemos retroceder hasta aquí, dado que nuestros liberales tienen la capciosa costumbre de asimilar tales acontecimientos sin más, aglutinándolos a todos como golpes a la democracias y al Estado de Derecho. Pero los bolcheviques llevaron a cabo un golpe de mano como momento de una insurrección política de la democracia soviética contra la república democrática (más allá del devenir burocrático-partidario posterior), en tanto los fascistas lo hicieron, sí, como momento de un ciudadano golpe de Estado para salvarse a sí mismos del peligro revolucionario, primero, y potenciar el Estado como maquinaria policial y represiva contrarrevolucionaria, después. Existe un abismo enorme entre la demanda de “todo el poder a los soviets” y el decreto de "Todo dentro del Estado; todo para el Estado; nada fuera del Estado".
Lo que un golpe de Estado es, entonces, es un acto violento que ejerce el propio estado, más allá de su propia legalidad y a través de alguno de sus mecanismos o miembros con el fin, no de destruirse, sino de autoafirmarse ante alguna amenaza política. Esto lo ha explicado Michel Foucault y lo enuncian cotidianamente todos los voceros intelectuales de las derechas liberales latinoamericanas -más allá de lo exagerado de sus miedos-, desde los Vargas llosa hasta los más toscos como De Narváez, pasando por Elefantini hasta “la chiqui”, Shakira y Obama, nuestro “amigo americano”.
Pero de los malabares sofísticos que estos “fabricantes de déspotas” realizan para rescatar su ágora de sus propios y humillantes salvatajes, que se ocupen ellos mismos. Es harto sabido que “el ulterior griterío liberalista referente a una época reaccionaria, resulta siempre tanto más sonoro cuanto más desmedida es la cobardía liberal que durante años enteros ha dejado el campo incondicionalmente en manos de la reacción. (...). Este había estampado con grandes letras sobre su estandarte: ¡la seguridad es el deber primordial de todo ciudadano y bajo su consigna vivirás!”. Urgente es, por esto mismo, para nosotros, evitar nuestras propias flaquezas de progresistas que nos empujan a poner en primera plana la denuncia de “los golpistas”, cuando lo que se pone al orden del día es la tarea de someter a crítica, teórica y práctica, la propia maquinaria estatal. Reconocer, entonces, que cuando sucede un golpe de estado, no se trata -al menos no tan sólo, ni fundamentalmente- de un grupo incurable de reaccionarios que no aceptan vivir en democracia y bajo el imperio legal de nuestro Estado de derecho. Asumir que, por el contrario, es el propio Estado que se defiende apersonado en algún grupo de funcionarios o de grupos civiles que han decidido asumir violentamente su poder de policía ante lo que, se supone, representa una amenaza al propio orden estatal republicano y de derecho. Que, por tanto, cuando la prensa liberal despliega estas argumentaciones en sus discursos, no es por hipocresía, sino por puro cinismo (actitud que suele volvérseles muy en contra de tanto en tanto, cuando sus salvadores aplastan con desdén sus propias cabezas).
La democracia republicana no representa en sí, mayor peligro para la sociedad civil burguesa, sino sólo cuando se torna inoperante, ineficaz o impotente para evitar la conformación de un poder social alternativo en su seno, de una democracia comunal paralela, y dado que“el Estado burgués no es más que una seguridad recíproca de la clase burguesa contra sus miembros individuales y contra la clase explotada, (...). Evidentemente, la sociedad no puede tolerar que se constituya en su seno una clase que se rebele contra sus condiciones de existencia. La coacción, la autoridad, las argucias burocráticas que Girardin -lo que hoy diríamos, un progre autonomista- quisiera precisamente dejar de lado hacen su reaparición en la sociedad”. A veces sin superar los límites liberales de la sociedad civil, otras tantas, ubicándose por encima de la propia legalidad que pretende defender.“La légalité nous tue” no significa así, el deseo de la abolición del estado de derecho, sino de la superación de sus fronteras legales en pos de su propia defensa. En suma, el Estado no se suicida -en Honduras ni siquiera tolera una reforma constitucional- ni se deja “tomar”. Lenin amargamente lo comprobó cuando en vez de conducir ellos -los bolcheviques- “el aparato”, éste los conducía a ellos.