1 de Mayo, día de lxs trabajadorxs
“(...) más tarde apareció sin disimulo en Francia la nueva concepción del mundo, (...) la clásica perspectiva de la burguesía, la concepción jurídica del mundo. Fue una secularización de la perspectiva teológica. Los derechos humanos ocuparon el lugar del dogma, del derecho divino, el Estado tomó el lugar de la Iglesia”
F. Engels
Quizás esta fecha, junto al 8 de Marzo y al 22 de Agosto -Sacco y Vanzetti-, sean los hitos más significativamente traumaticos en el calendario de las luchas proletarias y su choque con “La Justicia” de “Las Democracias” modernas, con “El Imperio de la Ley” del “Estado de Derecho”. Todas estas fechas corresponden a acontecimientos ocurridos en “el faro de la democracia mundial” y, dos de ellas, a condenas judiciales. Aquí no intervinieron dictaduras militares, ni se trata(ba) de simples asesinatos o de muertes extrajudiciales -al menos en dos de los casos, y más allá de los procesos-. Se trata(ba) de la brutal expresión del carácter clasista del Estado moderno en dos de sus aspectos considerados más progresistas; el de la justicia y la igualdad ante la ley. Un verdadero trauma que aún hoy nos parece difícil de asumir.
En 1887 -un año después de los mártires de Chicago- Engels advertía sobre las tendencias del movimiento obrero que empujaban a los trabajadores a lo que él denomina(ba) como Socialismo de Juristas. Según el comunista alemán, los abogados del socialismo permanecían presos de la concepción burguesa del mundo, es decir, de la perspectiva jurídica que hacia del Estado su Iglesia y de los Derechos Humanos su dogma teológico-político. A pesar de las advertencias de Engels sobre que “la clase trabajadora, (...), no puede expresar totalmente su situación vital con las ilusiones jurídicas de la burguesía”, y de los esfuerzos aún más enconados de Lafargue contra las tendencias socialistas que hacían de los derechos humanos el dogma de la revolución proletaria, el Socialismo de Juristas fue ganando terreno en el seno de la Segunda Internacional, tanto en su corriente lassalleana-reformista como, también, aunque en menor grado, en la corriente blanquista-revolucionaria. Bajo las banderas de un marxismo doctrinario, el movimiento socialista, al menos en este aspecto, se aferraba al dogma terrorista de los jacobinos revolucionarios y, ese lastre, es su tara hasta el día de hoy. Allí, entonces, las verdaderas raíces de sus traumas.
Pero estas raíces son más profundas de lo que, a priori, pudiéramos suponer, no sólo se manifiesta como la lucha por imponer una reorganización jurídico-política de la sociedad que permita cumplir cabalmente con las promesas de libertad, igualdad y fraternidad de 1789, sino que abarca a las propias estrategias de lucha de las diversas corrientes del movimiento socialista. A no dudarlo, el privilegio estratégico del partido político por sobre el movimiento social es hijo de estas concepciones estatalistas del poder y la revolución. Los revolucionarios, así, son, ante todo, los estrategas de la conquista del poder estatal y no los estrategas de la revolución social. El fetichismo del Estado atraviesa todos sus programas y propuestas transicionales, aunque no siempre conscientemente, sino que como el imperio de la necesidad táctica que, por lo demás, es hija de su propio tacticismo estratégico o realpolitik revolucionaria.
Por supuesto, esto no quita su honesta subjetividad revolucionaria, su abnegación militante, sus posibles heroísmos, aciertos circunstanciales, etc. Pero todo ello, no les exime de sus errores y defectos. Vaya como ejemplo las relaciones entre los movimientos de desocupados, las fabricas recuperadas -o a recuperar- y los partidos políticos, aquí, en Argentina. Sirva de confesión, la perenne honestidad brutal de los cuadros bajos de la militancia partidista. Hace unos años me cruce -políticamente- con un militante trotskista que estaba ofendido porque en voz baja (internamente) advertí sobre lo centrista de su organización -dado su fuerte tendencia a poner a sus abogados a la cabeza de las luchas y, consecuentemente, a conducir las mismas de una manera jurídica-. Tal cuadro me explico con vehemencia que además de que yo era un pos marxista -por criticar los derechos humanos y su idea de que la universidad fuera feudal-, ellos también tiraban piedras, habían sido apresados, chocado con la infantería y, de tanto en tanto, tirado alguna valla, etc. Es decir todo el arsenal táctico que cualquier organización política maneja para hacerse notar, y que no hacen en sí mismas a una estrategia política clasista. Ante ello, me respondió que mirara el ejemplo de Zanón -en verdad un aislado buen ejemplo. En doble sentido-, pero aclarándome que en los 90 “no pasaba nada” y que, por tanto, en tal década, sólo quedaba “estudiar”. Ante un comentario así, uno no sabe si reírse, llorar, insultar o simplemente, actuar diplomaticamente. Sin embargo -y aunque sin duda un cuadro mejor adoctrinado del mismo partido no aceptaría tal apreciación apresurada- creo, el interlocutor en cuestión estaba enunciando las colosales dimensiones del sectarismo al que empuja el privilegio de la estrategia partidista -“la manifestación más elevada de la subjetividad obrera”, reza el manual- y que no le permitía recordar el surgimiento y auge del movimiento de desocupados, ni las luchas contra las privatizaciones, etc. todo en esa década en la que “no pasaba nada” y sólo quedaba “estudiar”. Pero, a pesar de todo, en un sentido no contemplado, tenia razón; estrategicamente hablando, pasa(ba) nada, o casi nada. La década del 90 fue una década casi perdida y es así que llegamos a la actual crisis del poder social capitalista sin conformación alguna de un movimiento social revolucionario de los trabajadores, sin la conformación social del “partido de la anarquía”.
Resulta muy sencillo seguir repitiendo que fue la dictadura del 76 la que, aniquilando una generación entera, ha echado a perder los 36 años posteriores. Que la burocracia sindical sigue aplastando las luchas de los trabajadores o, peor aún, que los trabajadores son “atrasados”. Hay que decirlo, la izquierda no se ha planteado realmente la construcción de un gran movimiento social revolucionario. Privilegiando la construcción del partido que se haría cargo de la toma y posterior administración del Estado, se ha mantenido ajena -como ya indicara Santucho- a toda estrategia de poder social revolucionario. La izquierda -al menos en Argentina- se ha desarrollado estérilmente en lo que Marx refería como una “historia política paralela” a la lucha social real, su propia guerra intestina de “ranas y ratones”.
Como en los 90 “no pasaba nada” , la crisis del 2001 sorprendió a las direcciones del proletariado “estudiando” y a la retaguardia de la explosión social. Sin embargo, toda crisis social es una oportunidad de pegar un volantaso y modificar la orientación estratégica a fin de adecuarla a la dinámica real de la lucha de clases. Pero las direcciones del proletariado armaban sus propios corralitos, unos en torno a las fabricas recuperadas, otras en torno al movimiento de desocupados y todos con(tra) todos. El “plan de organización” de un poder social alternativo -como el esbozado por Marx en las instrucciones de 1866- era nuevamente subordinado a la lucha por suplir la “falta de dirección”, y así se daba por tierra con la oportunidad histórica de volver a aliar al movimiento cooperativo -que explotaba con la recuperación de fabricas- con la lucha de los trabajadores desocupados por la recuperación sindical (unidad organizativa hoy más posible y necesaria si no se quiere que la nueva ley de libertad sindical sea sólo un arma para fragmentar y dividir aun más a los trabajadores).
Durante los últimos ocho años, el panorama no se ha visto modificado, se repiten los frentes electorales y las luchas locales aisladas -por virtudes de la derecha y defectos de la izquierda-; la propaganda ideológico-cultural en torno a la reorganización jurídico-política de la sociedad y la construcción del partido educador en clave gramsciano-leninista. Ninguna fuerza social que se pueda oponer a sojeros y contrarrestar a los “nacionales y populares” se ha generado hasta el día de hoy.
Esta combinación de situaciones y orientaciones es lo que determina el doble filo de las reivindicaciones más radicales que la izquierda nos propone para las actuales circunstancias. La falta de desarrollo de una genuina lucha de clases -dado la carencia de un movimiento social clasista- empuja a las “vanguardias” a proponer medidas transicionales del tipo que Marx había criticado en 1875. Así, los marxistas recuperan la consigna lassalleana de “estatización bajo control obrero” como las medida más radicalizada para superar la “crisis” (los lassalleanos lo proponían para resolver la “cuestión social”). Marx cuestionaba precisamente la pretensión de desarrollar el movimiento cooperativo amparado por el Estado y no como un momento del desarrollo mancomunado de un movimiento social que lo apuntalara como “fuerza transformadora de la sociedad presente”. Una cosa es exigirle determinado tipo de medidas al gobierno y otra muy distinta es convertir al movimiento social en una fuerza estatal, así como nada tiene que ver la conquista del poder político por un movimiento social revolucionario, con la toma del Estado por un partido de ideología revolucionaria. Pero la ausencia de movimiento social -más allá del estatalismo de la izquierda política-, empuja a reivindicar ese tipo de proposiciones programáticas, progresivas, sí, pero peligrosamente ambiguas vistas desde el plano histórico-social: “El que los obreros quieran establecer las condiciones de producción colectiva en toda la sociedad, y ante todo en su propia casa, en una escala nacional, sólo quiere decir que laboran por subvertir las actuales condiciones de producción, y eso nada tiene que ver con la fundación de sociedades cooperativas con la ayuda del Estado. Y, por lo que se refiere a las sociedades cooperativas actuales, éstas sólo tienen valor en cuanto son creaciones independientes de los propios obreros, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses”.
El poder social capitalista se torna cada vez más insoportable, tanto a nivel antropológico como ecológico, la crisis económica brindara nuevas oportunidades para (re)comenzar el trabajo de organización de un poder social alternativo, el poder de lxs trabajadorxs que apunte a la asociación libre de lxs productorxs, más allá del Estado y los derechos humanos. La verdadera independencia política del proletariado tendrá que hacerse valer, ya no como frentes político-partidarios, sino como la constitución de un movimiento cooperativo-sindical que despliegue una política social revolucionaria, sólo así el comunismo volverá a ser “reconocido como una fuerza” y el movimiento real ocupara el lugar de la leyenda del fantasma: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
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